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27 susurros de amor - Ya a la venta


"El amor por las palabras nos une de nuevo para una nueva antología benéfica."

 

 Tapa Blanda: 408 páginas

Editor: CreateSpace Independent Publishing Platform, Edición 1ª (12 diciembre 2015)

Idioma: Español

ISBN-10: 1519552653

ISBN-13: 978-1519552655

Precio: 11,55€

¡¡¡Ya a la venta !!!

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Dulce y salvaje


     En el mismo instante en que abrió la puerta, Derek escuchó el apacible sonido que provenía de la ducha y una sonrisa ladeada asomó a sus labios. Se acercó en silencio y se apoyó en el marco de la puerta, contemplando embelesado la belleza etérea del delicado cuerpo femenino. Sin que Dhiana se percatara de su presencia, acortó la distancia que los separaba y no pudo reprimir el impulso de acariciar su espalda con suavidad, siguiendo el rastro de una gota perezosa. Ella alzó la cabeza entre sorprendida y asustada y se giró con rapidez. 

—Has llegado temprano —lo saludó, concediéndole una tímida sonrisa.

—Hemos cerrado antes —contestó Derek.

     Acarició la delicada línea de su cuello y descendió por su hombro desnudo con el suave tacto de una pluma. Le retiró el pelo mojado del rostro y observó con preocupación las profundas ojeras que deslucían su dulce mirada azulada: había tenido otra de sus pesadillas. 

     Rozó su mejilla y la miró a los ojos, unos ojos que nunca dejaban de mirarlo con amor. Observó fascinado cómo Dhiana se pasaba la punta rosada de su lengua por el labio inferior, un gesto en ella que resultaba inocente y que provocó un doloroso y placentero latigazo directo a su entrepierna. Lo sacudió el apremiante deseo de besarla y descendió hasta su boca entreabierta. Apresó su labio inferior y tiró de él con suavidad, después apresó su boca y recorrió su interior sediento por saborearla.  

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La cruda realidad


     Gracias, señorita Murray.

Sólo la voz de mi jefe pude hacerme sonreír y enrojecer a la vez. Ese tono, tan sugerente y sensual consigue que parezca haber tomado mariposas en el desayuno.

     Etham Carmichael, mi jefe, es un joven empresario de éxito, con un exquisito gusto por el lujo y rodeado siempre de una corte de bellezas a la caza de un marido guapo y rico.

     Evidentemente, para él soy sólo su secretaria; la chica insulsa que le prepara el café como le gusta, atiende sus llamadas, lleva su agenda y le soluciona algún que otro problema de índole personal con el sexo femenino. Pero no puedo evitar suspirar cada vez que le veo aparecer por la oficina, envuelto en ese aroma tan embriagador de su loción de afeitado compuesta por algún tipo de especias picantes.

     El mismo mechón de cabello oscuro, húmedo todavía tras la ducha matutina, le cae rebelde cada día sobre la frente, y cuando pasa por delante de mi mesa, quedo envuelta por el rastro de su especiada fragancia masculina, que tan bien conozco después de dos años de trabajar para él. Camina hacia su despacho con paso decidido, ejerciendo un perfecto control de cada uno de sus músculos. Me saluda con una afectuosa inclinación de cabeza, y dependiendo de su estado de humor, me concede una de sus maravillosas sonrisas que le marca un hoyuelo a la derecha de su boca. Lo que me lleva a fijarme en sus labios, que parecen cincelados en un rostro de rasgos marcados; mandíbula cuadrada, mentón firme, nariz recta… 

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Salvaje


El frío me despierta y siento un dolor atroz en el lateral derecho de mi cabeza. No recuerdo haberme golpeado, pero ha debido ser con algo grande. Intento abrir los ojos, pero se niegan a colaborar, parece como si mis parpados hubieran sido pegados. «¿Qué clase de sádico es capaz de hacer algo así?». La aterradora idea se cuela en mi mente y empiezo a hiperventilar. Lo intento de nuevo y, tras un esfuerzo titánico, consigo parpadear un par de veces. Suspiro aliviada, aún conservo intactos mis ojos, y mi increíble olfato, que es de lo más inoportuno. El olor a tierra mojada me satura las fosas nasales, acompañado de algo más que procuro no indagar.

La lluvia me golpea suavemente el rostro, persistente e insensible, como si de una infame tortura china se tratara. Intento incorporarme, pero no puedo. Mi cuerpo tampoco quiere cooperar. ¿Es posible que haya engordado en las últimas horas? No debí pedir extra de patatas fritas, me siento como si pesara más que el camión de la basura. En realidad, me siento como si fuera todo el maldito vertedero. 

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Sombras oscuras


La noche caía sobre la ciudad como un manto oscuro y peligroso, acariciando cada uno de sus rincones plagado de sombras. Esa noche, como tantas otras, había salido buscando sangre, la de sus enemigos a ser posible. No había nacido para eso, pero se había visto obligada a hacerlo. Y había descubierto que le gustaba… Un extraño y dulce placer que recompensaba la multitud de heridas con las que a veces volvía a casa. Cansada, sudorosa… y sobre todo, débil. Obligada entonces a descansar durante un par de días, recuperándose.

     La sangre que derramada calmaba esa ansiedad que la poseía cada vez con más frecuencia y a la que se negaba a dar rienda suelta. No quería ser como ellos, y tampoco podía ni debía permitir que le hicieran a otra víctima inocente lo que le hicieron a ella, condenándola a la noche, anclándola a la oscuridad de por vida.

    Sentenciada hasta que decidiera ponerle fin a su existencia, un pensamiento que no descartaba y que a veces rondaba su mente. No sabía cuánto más podría resistir antes de sucumbir como ellos.

    Esa noche, como tantas otras, había seguido un rastro, le era fácil localizarlos, como si tuviera un radar que la conducía irremediablemente hacia ellos. Acabó en un local de mala muerte, un tugurio a las afueras de la ciudad, con una iluminación tan pobre, que ni los bichos se atrevían a volar alrededor de la tenue luz de la única farola que iluminaba la zona de aparcamientos. Parecían tener una fijación casi enfermiza por antros como ese.

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